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Nunca creí posible hacer una dramaturgia digerible sobre El Cid.
Cuando te enfrentas a su historia —el Cantar de mío Cid, Sidi, Las mocedades del Cid— lo único que piensas es: esto es imposible. No solo es épico; es inabarcable. ¿Cómo cuento todo esto yo solo?
La clave apareció cuando dejé de buscar cómo contarlo y empecé a buscar quién me lo podía contar.
Y fue en Vivar, donde Rodrigo nació, allí hablé con un familiar lejano de Ruy. De su madre no sabemos nada… pero en esta historia se revela toda la verdad a través de quienes siempre estuvieron allí: los habitantes de Vivar.
Ellos toman la palabra. Yo les presto el cuerpo.
Así, el mito baja del pedestal y camina. La épica se vuelve cercana. Y lo imposible, por fin, se deja contar y se hace posible.